Algo que nunca he contado a nadie. 

_ ¡Hola abuelito! ¡Feliz Navidad!                                        

_ ¡Hola mi niña! respondió con sorpresa Sebastián desde su cama. _ ¡Qué bonito verte!

 Sus ojos tornaron en brillante y cristalino ámbar.

_Quería venir antes pero no me dejaban. Me decían que aquí no pueden entrar los niños.

_Hay tres plantas llenas de niños en este hospital, cariño. _se abstrajo por un instante antes de volver. _¿Pero cómo es que estás aquí tú sola?

_Papá viene en el ascensor. Yo me he escapado por las escaleras.

Al instante se pudo oír lo que parecía la alarma de un ascensor. Sebastián sonrió. 

_ Mi querida Andrea… Pero deberías estar a punto de ir a la cama amor. Papá Noel irá a verte en cualquier momento.

Andrea bajó la cabeza haciendo pucheros sin dejar de mirar a su abuelito.

_Papá Noel no existe, abuelito. 

_No digas eso, amor.

_ Pero es verdad. No existe. Ni los reyes. Ni nada.

_ Escúchame atentamente amor. Te voy a contar algo. Algo que nunca he contado a nadie.

La pequeña Andrea sonrió mientras le regalaba los ojos más rotundos y brillantes que él era capaz de recordar. Le encantaba la voz de su abuelo.

_ Un buen día, hace muchos años, me pidió un amigo: “Tienes que disfrazarte de Papá Noel y presentarte en mi casa.” Y así lo hice.

_ ¿No ves, abuelito? ¡¡Te disfrazaste!!

_Sí, amor. Me disfracé. Y estuve mucho tiempo disfrazándome cada veinticuatro de diciembre para subir a casa de mi amigo cargado de regalos. “Sólo uno por niño” eso sí. Era la norma en su familia.

Y mientras unos niños iban creciendo otros iban naciendo. Nuevas fotos, nuevos videos, nuevas sonrisas y abrazos. Y siempre los mismos.                              

Era el quinto año y se acercaba la fecha de mi cita navideña cuando una buena amiga me contó que su pequeña Andrea acababa de ser hospitalizada por una enfermedad desconocida para los médicos. 

_¡Como yo, abuelito!¡Andrea!

_Sí cariño. Como tú. Cada día le preguntaba por ella y cada día la respuesta era la misma: “No mejora, Sebastián. Mi niña no mejora. Y todavía no saben la causa.”

Así llegó el día de mi momento mágico y se me ocurrió presentarme en el hospital a visitar a la pequeña Andrea.

 

_ Pobrecita… _ interrumpió Andrea desde el borde de la cama.

_ Sí cariño: pobrecita. _ respondió Sebastián mientras acariciaba el pelo de su nieta. _ pero aquel día, aquella niña, volvió a ser feliz. Papá Noel estaba con ella. Papá Noel había venido a visitarla. Cuando salí de la habitación me sorprendí rodeado de niños. Me miraban felices. Me miraban radiantes con sus ojos de estrella. Algunos arrastraban sus goteros y otros eran empujados en sillas de ruedas. Y todos reían y buscaban mi abrazo. Casi no pude hablar. Actué una vez más lo mejor que pude y les prometí cosas, cariño. Cosas que nunca supe si llegaron a cumplirse. Y me despedía riendo y mandándoles muchos besos mientras notaba cómo mi corazón se iba encogiendo. _

Sebastián tomó un sorbo de agua.

_Subía en el ascensor ensimismado en mis pensamientos y cuando llegué a la puerta de casa la encontré entreabierta. Un miedo repentino se apoderó de mí. Dudaba si entrar o no y comencé a gritar: “¿Quién hay ahí? ¡Sal ahora mismo, quién seas!” Nadie contestó y yo a nadie vi.

Lo que sí vi fueron pequeños charcos de agua que se alternaban con lo que parecían copos de nieve. “¡Sal ahora mismo de mi casa!” Continué gritando. Y pude oír la ventana de mi dormitorio golpear con fuerza.

Realmente sentí pánico y tuvieron que pasar muchos minutos hasta sentirme capaz de  entrar para comprobar que nadie había y que efectivamente la ventana estaba abierta. Encontré restos de pelo de animal. Restos de pelo basto y recio. Pelo basto, recio y marrón.

Aparentemente no faltaba nada. Y tras volver a cerrar puerta y ventana y recoger los pequeños cúmulos de agua que había por todo el suelo entré en la cocina a prepararme un café antes de acudir a la cena de familia. Y la vi.

_ ¿Qué viste abuelito?                      

_ Una nota cariño. Una nota escrita con delicada, elegante y blanca letra sobre un precioso pergamino de color verde. _ Sebastián cerró los ojos un instante y sonrió en silencio.

_ ¿Qué decía la nota?  

_ Decía aquella nota: “Gracias Sebastián. Muchísimas gracias por hacer lo que haces. Nunca dejes de hacerlo. Puedo verlo. Puedo sentirlo. Gracias. Haces mi labor más fácil. Gracias, de verdad. Mira debajo de tu cama.

P.D. La niña se va a poner bien muy pronto.”

_ ¿Era Papá Noel? Abuelito, ¿era Papá Noel? ¿Y la niña? ¿Se puso buena? ¿Qué había debajo de la cama abuelito? ¿Qué era?

Sebastián pasó de nuevo la mano por el pelo de su pequeña nieta. Esta vez muy despacio.

 _Yo no podía creer que fuera Papá Noel. Me enseñaron de pequeño que no existía. Pero entonces quién. Cómo pudo, quién fuera, huir por la ventana de un sexto piso. Quién podía hablarme así de la niña de mi amiga…

Sí mi Andrea. La niña salió del hospital a los dos días, amor. Salió del hospital feliz y radiante.

Cuando miré debajo de mi cama encontré un regalo envuelto y sujeto con una cinta blanca de la que colgaba otra pequeña nota: “El que usas está ya muy gastado.”  

_ ¡Era Papá Noel! Te dejó una nota y un regalo Papá Noel.

_Seguro que sí cariño. Desde aquella vez, cada año y siempre dejando pequeños restos de nieve derretida y de pelo, ha estado entrando en mi casa para dejarme notas y de vez en cuando pequeños regalos.

Andrea era ya sólo ojos y boca. Era felicidad. Era ilusión. Esperanza. Fe.  

_No necesitas que los demás crean, cariño mío. Ni siquiera que te crean. Lo importante es que lo creas tú. Lo importante es que no dejes nunca de creer. Cree, amor mío. Cree siempre en lo que te hace feliz. Y serás feliz.

La niña saltó para abrazar a su abuelo.

_Dame un beso mi niña. Tengo sueño. _  

_ Hasta mañana, abuelito.

_Hasta pronto, mi niña.

 

FIN.                           

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